EL TITANIC ERA INSUMERGIBLE

devocional diario 1

Jeremías 49:16 Tu arrogancia te engañó, y la soberbia de tu corazón.

Julián Padró Manent, junto a su esposa, Florentina Durán, españoles de nacimiento, pero nacionalizados en Cuba, tras muchos años de estancia en La Habana, viajaron un día en el Titanic. Ambos tuvieron la suerte de estar entre los sobrevivientes, el 15 de abril de 1912, cuando el Titanic se hundió al chocar con un témpano de hielo que abrió un boquete de 150 metros de largo.

Embarcamos en el Titanic a las cinco de la tarde del día 11 de abril, en Cherburgo, Francia. Se dirigía a Nueva York. Estaba considerado como el buque más seguro de cuantos existían en opinión de los expertos, insumergible.

Al cuarto día de navegación, el tiempo amaneció claro y despejado. Arriba, en la cubierta, hacía un frío tremendo. El mar estaba sereno, todos lucían alegres y divertidos. Nadie podía suponer lo cercana que estaba la tragedia. Estando acostado, medio somnoliento, sentí un golpe, me incorporé, pero volví a dormir. Tan leve fue el choque, que no le di importancia. La colisión había sido tan ligera, que algunos ni se despertaron. Además, «el Titanic era insumergible», según nos habían hecho creer.

Unos fuertes golpes en la puerta de mi camarote hicieron que me levantara rápidamente. Al abrirla reconocí a un compañero de ajedrez. «Amigo, estamos en peligro», fue todo lo que me dijo. Un oficial se les acercó para decirles que habían chocado con un témpano de hielo, pero sin mayor peligro. Mientras, el agua entraba y entraba. Inútil lucha contra el porfiado mar. Muchas mujeres se resistieron a entrar en los botes. Mi esposa, por suerte, no era de estas y abordó uno.

«Confieso sinceramente que a la Banda de Música, que tanto se ha dicho que tocaba en aquellos momentos, no la oí por ninguna parte, creo que eso fue buena imaginación para el cine.

Un bote que se encontraba a una altura de dos pisos por debajo de mí, estaba siendo arriado. Me lancé al espacio y caí en él. Sus ocupantes eran casi todos tripulantes». «El Titanic empezó a hundirse, despacio, más aprisa, y de pronto estallaron las calderas, se apagaron las luces. La masa enorme que contenía a más de 1.000 almas, los gritos de desesperación y de agonía, un remolino en el mar se los llevó a todos. Nosotros contemplamos todo eso a unos 300 metros. El mayor barco del orbe se fue a pique en menos de una hora».«Pasamos la noche en el bote y de pronto, ¡cuánta alegría! Divisamos las luces de un barco. Era el Carpathia que nos rescató. Cuando empezó a esclarecerse el día vimos impasible en su blanca pasividad el témpano maldito».

En verdad muchos de los hombres se congelaron en vez de ahogarse. Al final, 705 pasajeros se salvaron de la tragedia y 1.522 personas se perdieron en el océano.

¿Qué nos enseña esta historia? Que el Titanic sacó a flote la arrogancia de sus constructores y esas palabras de arrogancia como “el Titanic es insumergible” fueron la muerte anunciada de unos soberbios que profetizaron su propio hundimiento, porque está escrito: “el que se exalta será humillado”. A gran soberbia, gran humillación. Las palabras arrogantes son un imán que atrae el fracaso.

Los orgullosos siempre se quedan solos y el Titanic se quedó solo en el fondo del mar en menos de dos horas. El orgulloso se queja de los demás, critica, señala, juzga, no puede ver sus errores. Los orgullosos caen tarde o temprano como cayó Goliat

Te has visto diciendo: “no hay nadie como yo, si no fuera por mí esta empresa no estaría donde está, o nadie podrá derrotarme, o mi empresa nunca fracasará”. Revisa tu forma de decir las cosas, y podrás ver si eres arrogante.

Tus palabras humildes te llevan al éxito.