DIOS PIDE OBEDIENCIA

2 Cronicas26:3-4 De dieciséis años era Uzías cuando comenzó a reinar, y cincuenta y dos años reinó en Jerusalén. El nombre de su madre fue Jecolías, de Jerusalén. E hizo lo recto ante los ojos de Yahvé, conforme a todas las cosas que había hecho Amasias su padre.

Dice la Biblia en ese capítulo, que el Rey Uzías persistió en buscar a Dios; y que en esos días en que buscó al Dios de Israel, él le prosperó.

El ser humano por naturaleza quiere ser próspero y esa es la voluntad de Dios para sus hijos y eso fue lo que sucedió con este joven rey que tenía 16 años cuando comenzó a gobernar en Israel, fue un rey que prosperó mucho.

Tambien vemos que este rey tuvo mucho ganado, viñas, labranzas, 306,500 guerreros poderosos y fuertes, que lo defendían de sus enemigos. Hizo en Jerusalén máquinas inventadas por ingenieros, su fama se extendió lejos y se hizo muy poderoso.

Pero en esta historia, la Biblia nos llama la atención de algo que le sucedió a Uzías. Cuando se hizo poderoso, famoso y fuerte, su corazón se enalteció para su ruina; porque se rebeló contra su Dios. ¿Qué hizo? Entró en el templo de Dios para quemar incienso en el altar del incienso, esa labor no le correspondía al rey, únicamente a los sacerdotes.

Los ochenta sacerdotes al ver esto, se pusieron contra el rey Uzías, y le dijeron:

No te corresponde a ti, oh Uzías, el quemar incienso a Yahvé, sino a los sacerdotes hijos de Aarón, que son consagrados para quemarlo. Sal del santuario, porque has pecado, y Dios no te va a honrar.

El rey Uzías había pecado contra Dios, había desobedecido el mandato de Dios, pues la orden era que los sacerdotes eran los únicos autorizados por Dios para quemar incienso en el templo.

Pero Uzías, no aceptó lo que le dijeron los sacerdotes y se llenó de ira; contra los sacerdotes, e inmediatamente la brotó lepra en la frente, delante de los sacerdotes y estos le hicieron salir apresuradamente de aquel lugar; y el rey también se dio prisa a salir, porque Dios lo había herido. El rey Uzías fue leproso hasta el día de su muerte y tuvo que vivir aislado en una casa y se le prohibió entrar al templo del Señor.

Cuando leí esta historia, oré a Dios y dije: Padre, guárdame del orgullo, la soberbia, la arrogancia, que la soberbia no se enseñoree de mí, no sea que me aparte de ti y que no haga nada que no me corresponda hacer y no olvide tus mandamientos.

Que aprendemos de esta historia: Que es muy fácil caer en un día, de la bendición a la maldición, de la honra a la deshonra, del éxito al fracaso, de la abundancia a la ruina, de la salud a la enfermedad, del gozo a la tristeza, de la abundancia a la escases, de la libertad a la esclavitud, de ser cabeza de gobierno a la cola del olvido, de la gloria a la vergüenza, de ser reconocido a la indiferencia, de la aceptación al rechazo, de la riqueza a la pobreza.

Recuerdo cuando trabaje como Ingeniero en Colombia, había un Director de Ventas de mucho éxito, buena gente, buen compañero, admirado por las personas por su carrera ascendente dentro de la Empresa, pero un día, se tomó atribuciones que no le correspondían como Director de Ventas, gastó más dinero del que la Presidencia le habían autorizado para las promociones de las ventas, y aunque las ventas aumentaron, el Presidente lo despidió.

En un principio me pareció que había sido injusto, pero cuando hacemos lo que no nos corresponde, así nos parezca “bueno”, estamos violando la autoridad, una orden superior y las Empresas buscan personas obedientes, fieles, leales y sometidas.

Dios reprende con dureza la desobediencia. El verdadero valor de una persona, no está en lo que posea, en los títulos que haya adquirido, la fama que haya obtenido, la posición social a la que haya llegado, está en su obediencia.